Rojo y negro
Rojo y negro Nada más llegar la señora Derville, a Julien le pareció ver en ella a una amiga; le faltó tiempo para enseñarle las vistas desde el final del paseo nuevo, bajo los elevados nogales; de hecho, igualan, si no superan, lo más admirable que puedan brindarnos Suiza y los lagos italianos. Si subimos la cuesta empinada que arranca a pocos pasos, no tardamos en llegar a unos hondos barrancos que bordean unos bosques de robles que casi se meten en el rÃo. ¡A la cima de esas rocas era adonde Julien, dichoso y libre e incluso algo asà como el rey de la casa, llevaba a ambas amigas y disfrutaba de la admiración que sentÃan ellas ante aquellos detalles sublimes!
—Para mà esto es como la música de Mozart —decÃa la señora Derville.