Rojo y negro

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La envidia de sus hermanos y la presencia de un padre despótico y rebosante de mal humor le habían aguado a Julien la contemplación de la campiña de los alrededores de Verrières. En Vergy no se topaba con esos recuerdos amargos; por primera vez en la vida no veía enemigo alguno. Cuando el señor de Rênal estaba en la ciudad, cosa que sucedía con frecuencia, se atrevía a leer; pronto, en vez de leer de noche y eso teniendo buen cuidado de ocultar la lámpara con un florero puesto bocabajo, pudo entregarse al sueño; de día, en los intervalos entre las clases de los niños, se iba a esas rocas con el libro que era norma única de su conducta y objeto de sus arrebatos. Hallaba en él a la vez dicha, éxtasis y consuelo en los ratos de desaliento.

Algunas cosas que dice Napoleón de las mujeres, varias charlas sobre los méritos de las novelas que estaban de moda en tiempos de su reinado, hicieron entonces que aparecieran por primera vez ciertas ideas que a cualquier otro joven de su edad se le habrían ocurrido hacía mucho.






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