Rojo y negro

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El sol, al declinar y acercar el momento decisivo, hizo que le palpitase a Julien el corazón de manera singular. Llegó la noche. Notó, con una alegría que le quitó un peso enorme del pecho, que iba a ser oscurísima. El cielo, que cubrían unos nubarrones que un viento muy caliente paseaba, parecía anunciar tormenta. Las dos amigas estuvieron dando un paseo hasta muy tarde. Todo cuanto hacían ambas aquella noche le parecía a Julien singular. Disfrutaban de ese tiempo que, para algunas almas exquisitas, parece acrecentar el placer de amar.

Por fin se sentaron; la señora de Rênal junto a Julien y la señora Derville, cerca de su amiga. Absorto en lo que iba a intentar, a Julien no se le ocurría nada que decir. La conversación languidecía.

«¿Temblaré tanto y me sentiré tan desgraciado cuando se me presente el primer duelo?», se dijo Julien; porque desconfiaba demasiado de sí y de los demás para no ver en qué estado tenía el alma.





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