Rojo y negro

Rojo y negro

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En aquella mortal angustia, todos los peligros le habrían parecido preferibles. ¡Cuántas veces deseó que le surgiese a la señora de Rênal algún asunto que la obligara a volver a la casa e irse del jardín! Julien tenía que violentarse tanto que la voz no podía por menos de alterársele mucho; no tardó en temblarle también la voz a la señora de Rênal, pero Julien no se percató de ello. El espantoso combate que reñían el deber y la timidez le resultaba demasiado penoso para que estuviera en condiciones de observar nada que no fuera su propia persona. Acababan de dar los tres cuartos de las nueve en el reloj del castillo y aún no se había atrevido a nada. Julien, a quien indignaba su cobardía, se dijo: «En el preciso instante en que den las diez o hago lo que me he estado prometiendo todo el día que haría esta noche o me voy a mi cuarto y me salto la tapa de los sesos».

Tras un último instante de espera y ansiedad, durante el cual con esa emoción enajenada estaba Julien fuera de sus casillas, dieron las diez en el reloj que tenía encima de la cabeza. Le retumbaban en el pecho todas aquellas campanadas fatales y causaban en él algo así como una trepidación física.




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