Rojo y negro
Rojo y negro Por fin, cuando aún no se habían apagado los ecos de la última campanada de las diez, alargó la mano y asió la de la señora de Rênal, quien la apartó en el acto. Julien, sin saber muy bien qué estaba haciendo, volvió a agarrársela. Aunque él también estaba muy alterado, le llamó la atención que la mano que había cogido estaba fría como el hielo; la estrechaba con fuerza convulsa; pretendieron retirársela, en un último esfuerzo; pero, por fin, aquella mano se quedó en la suya.
La felicidad le inundó el alma, no porque amase a la señora de Rênal, sino porque acababa de concluir un suplicio espantoso. Para que la señora Derville no se diese cuenta de nada, se creyó en la obligación de hablar; su voz fue entonces retumbante y alta. La de la señora de Rênal delataba, en cambio, una emoción tal que su amiga pensó que estaba enferma y le propuso que volvieran a la casa. Julien cayó en la cuenta del peligro: «Si la señora de Rênal regresa al salón, volveré a la postura horrible en que me he pasado el día. He tenido cogida esta mano un tiempo demasiado breve para que cuente como un privilegio que me he ganado».
En el momento en que la señora Derville volvía a proponer que regresaran al salón, Julien apretó con fuerza esa mano que se había rendido.
La señora de Rênal, que ya se estaba levantando, volvió a sentarte y dijo con voz agonizante: