Rojo y negro

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—La verdad es que me siento algo enferma, pero el aire libre me sienta bien.

Estas palabras le confirmaron a Julien su dicha, que, en aquellos momentos, era extremada: habló, se olvidó de disimular, les pareció a las dos amigas, que lo estaban escuchando, el más encantador de los hombres. No obstante, había aún cierta falta de valentía en aquella elocuencia que le había venido de repente. Tenía un miedo mortal a que la señora Derville, cansada del viento que estaba empezando a levantarse y que era un anticipo de la tormenta, no pretendiera volverse sola al salón. Entonces se habría quedado a solas con la señora de Rênal. Había tenido, casi por casualidad, ese valor ciego que basta para actuar; pero notaba que estaba más allá de sus fuerzas decirle a la señora de Rênal la más sencilla de las palabras. Por muy leves que fueran sus reproches, Julien se vería derrotado y el triunfo que acababa de conseguir quedaría reducido a la nada.







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