Rojo y negro
Rojo y negro Afortunadamente para él, sus peroratas conmovedoras y enfáticas se toparon con la indulgencia de la señora Derville, a quien con gran frecuencia le parecía torpe como un niño y poco entretenido. En cuanto a la señora de Rênal, con la mano en la de Julien, no pensaba en nada; dejaba correr la vida. Las horas que pasaron debajo de aquel elevado tilo que, según la tradición de la comarca, había plantado Carlos el Temerario, fueron para ella una época dichosa. Se deleitaba oyendo los gemidos del viento en la frondosa copa del tilo y el ruido de algunas escasas gotas que empezaban a caer en las hojas más bajas. Julien no se fijó en una circunstancia que lo habría tranquilizado mucho; no bien la señora de Rênal, a quien no le había quedado más remedio que retirarle la mano porque se levantó para ayudar a su prima a recoger un florero que el viento acababa de volcar a sus pies, se sentó otra vez, se la devolvió casi sin dificultad y como si fuera ya cosa entendida entre ellos.
Hacía mucho que habían dado las doce; por fin hubo que irse del jardín: cada cual se marchó por su lado. La señora de Rênal, a quien tenía arrebatada la dicha de amar, era tan ignorante que no se hacía casi ningún reproche. La felicidad le quitaba el sueño. De Julien se adueñó un sopor de plomo, mortalmente fatigado por los combates que a lo largo del día la timidez y el orgullo habían reñido en su corazón.