Rojo y negro

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Al día siguiente lo despertaron a las cinco; y, lo que le habría resultado cruel a la señora de Rênal de haberlo sabido, apenas si pensó en ella. Había cumplido con su deber, un deber heroico. Ese sentimiento lo colmó de dicha; se encerró con llave en su habitación y se entregó, con un placer completamente nuevo, a la lectura de las hazañas de su héroe.

Cuando sonó la campana del almuerzo, ya había echado al olvido, leyendo los boletines del ejército napoleónico, todos los éxitos de la víspera. Se dijo con tono intrascendente según bajaba al salón: «Tengo que decirle a esa mujer que la quiero».

En vez de esas miradas rebosantes de voluptuosidad con las que pensaba encontrarse, se topó con la cara severa del señor de Rênal que había llegado de Verrières hacía dos horas y no ocultaba su descontento por que Julien se pasase toda la mañana sin hacerse cargo de los niños. No había nada tan feo como aquel hombre importante enojado y con la creencia de que podía manifestarlo.





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