Rojo y negro

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Todas las palabras agrias de su marido se le clavaban en el corazón a la señora de Rênal. En cuanto a Julien, estaba tan absorto en el éxtasis, tan pendiente de los grandes acontecimientos que le habían estado pasando por delante de los ojos varias horas que apenas si pudo, al principio, rebajar la atención a las palabras duras que le estaba dirigiendo el señor de Rênal. Le dijo por fin con bastante brusquedad:

—Estaba enfermo.

El tono de esta respuesta habría molestado a un hombre menos susceptible que el alcalde de Verrières; se le pasó por la cabeza replicar a Julien despidiéndolo en el acto. Solo lo contuvo la norma que había adoptado de no apresurarse nunca demasiado en los negocios.

«Este joven necio —no tardó en decirse— se ha ganado en mi casa algo así como una reputación; el Valenod puede llevárselo a la suya; o se casará con Élisa; y, en ambos casos, podrá reírse de mí para sus adentros.»




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