Rojo y negro

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Pese a reflexiones tan sensatas, no por eso el descontento del señor de Rênal dejó de estallar en una retahíla de palabras groseras que, poco a poco, fueron irritando a Julien. La señora de Rênal estaba a punto de echarse a llorar. En cuanto acabó el almuerzo, le pidió a Julien que le diera el brazo durante el paseo; se apoyaba en él amistosamente. A todo cuanto le decía la señora de Rênal, lo único que podía contestar Julien a media voz era:

¡Así son los ricos!

El señor de Rênal caminaba junto a ellos; su presencia aumentaba la ira de Julien. Se dio cuenta de pronto de que la señora de Rênal se le apoyaba con mucha insistencia en el brazo; ese gesto le resultó repulsivo; la rechazó con violencia y se soltó el brazo.

Afortunadamente, el señor de Rênal no vio esa nueva impertinencia; solo la notó la señora Derville; su amiga se estaba echando a llorar. En ese momento, el señor de Rênal empezó a correr a pedradas a una campesinita que se había metido por un camino que no tenía derecho de paso y estaba cruzando por una esquina del huerto de frutales.

—Señor Julien, se lo ruego, modérese; tenga en cuenta que todos tenemos momentos de mal humor —dijo deprisa la señora Derville.

Julien la miró fríamente con unos ojos en que asomaba el desprecio más soberano.


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