Rojo y negro

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Le dio a Sorel cuatro arpendes por uno, quinientos pasos más abajo, a orillas del Doubs. Y, aunque esa situación fuera mucho más ventajosa para su comercio de tablones de pino, maese Sorel, como lo llaman desde que es rico, dio con el secreto para sacarles a la impaciencia y la manía de propietario que impulsaba a su vecino una suma de 6.000 francos.

Cierto es que ese arreglo lo criticaron las cabezas cabales del lugar. En una ocasión, fue un domingo, hace ya cuatro años, el señor de Rênal, según volvía de la iglesia vestido de alcalde, vio de lejos que el anciano Sorel, rodeado de sus tres hijos, lo miraba sonriendo. Esa sonrisa le iluminó con claridad fatídica las ideas al señor alcalde; desde entonces piensa que el trueque podría haberle salido más barato.

Para alcanzar la consideración pública en Verrières, lo esencial es, al tiempo que se construyen muchas paredes, no atenerse a ninguno de esos planos que traen de Italia los albañiles que en primavera cruzan las gargantas del Jura para ir a París. Una innovación así le valdría al edificador imprudente una reputación eterna de mala cabeza y nunca más lo tomarían en cuenta las personas sensatas y moderadas en cuyas manos está el reparto de consideración en el Franco Condado.


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