Rojo y negro

Rojo y negro

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«Solo un necio —se dijo— se enfada con los demás: una piedra cae porque pesa. ¿Seguiré siendo un niño? ¿Cuándo voy a contraer la buena costumbre de darles a estas personas solo la parte de mi alma que vale el dinero que me pagan? Si quiero que me tengan estima y tenérmela yo tengo que hacerles ver que lo que está en venta para su riqueza es mi pobreza; pero que tengo el corazón a mil leguas de su insolencia y situado en una esfera demasiado elevada para que sus menudas señales de desdén o de favor lo alcancen.»

Mientras estos sentimientos se acumulaban y acudían en tropel al alma del joven preceptor, la movilidad de su fisonomía expresaba orgullo herido y ferocidad. La señora de Rênal se sintió muy afectada. La frialdad virtuosa que había querido poner en su recibimiento se convirtió en expresión de interés, y de un interés al que infundía vida la gran sorpresa por el cambio repentino que acababa de presenciar. Las palabras hueras que nos decimos por las mañanas referidas al estado de salud y la hermosura del día se agostaron a un tiempo en ambos. Julien, a quien no le turbaba el juicio ninguna pasión, dio enseguida con la forma de indicarle a la señora de Rênal qué pocas relaciones amistosas pensaba tener con ella; no le dijo nada del breve viaje que iba a emprender; la saludó y se fue.


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