Rojo y negro

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Mientras la señora de Rênal, aterrada por la sombría altivez que leía en esa mirada tan amable el día anterior, lo miraba marchar, su hijo mayor, que venía del fondo del jardín, le dijo, dándole un beso:

—Tenemos vacaciones; el señor Julien se va de viaje.

Al oír estas palabras, notó la señora de Rênal que un frío mortal la invadía; su virtud la hacía desgraciada; y su debilidad, aún más desgraciada.

Este nuevo suceso se adueñó por completo de su imaginación; se vio arrastrada muy lejos de las sensatas resoluciones que debía a la terrible noche que acababa de pasar. No se trataba ya de resistirse a un amante encantador, sino de perderlo para siempre.

Tuvo que asistir al almuerzo. Para colmo de dolor, el señor de Rênal y la señora Derville no hablaron más que de la marcha de Julien. El alcalde de Verrières había notado algo insólito en el tono de firmeza con que le había pedido unos días de asueto.



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