Rojo y negro

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—Este campesinito no cabe duda de que tiene en el bolsillo una oferta de alguien. Pero a ese alguien, incluso aunque se trate del señor Valenod, debe de desanimarlo un poco la cantidad de seiscientos francos que es en lo que se pone ahora el desembolso anual. Ayer, en Verrières, le habrán pedido un plazo de tres días para pensárselo; y esta mañana, para no tener que darme una respuesta, el señorito se va a la montaña. ¡Verse uno en la obligación de contar con un mísero obrero que se insolenta, a eso es a lo que hemos llegado!

«Ya que mi marido, que ignora qué profundamente hirió a Julien, piensa que nos va a dejar, ¿qué debo pensar yo? —se dijo la señora de Rênal—. ¡Ay, todo está ya decidido!»

Para poder, al menos, llorar libremente y no contestar a las preguntas de la señora Derville, mencionó un dolor de cabeza espantoso y se metió en la cama.

—Así son las mujeres —repitió el señor de Rênal—. ¡Siempre tienen algo averiado las maquinarias complicadas esas!

Y se fue, socarrón.


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