Rojo y negro
Rojo y negro ¡Cuántas veces, pensando en los bailes de París, dejados atrás la víspera, y apoyando el pecho en esos grandes bloques de piedra de un hermoso tono gris que tira al azul, he hundido la vista en el valle del Doubs! Allá, en la orilla izquierda, serpentean cinco o seis valles en cuyo fondo la mirada vislumbra perfectamente unos cuantos riachuelos. Tras haber ido fluyendo, de cascada en cascada, los vemos ir a dar al Doubs. El sol calienta mucho en esas montañas; cuando cae a plomo; unos plátanos soberbios resguardan en esa terraza el ensimismamiento del viajero. Ese crecimiento veloz y esas hermosas frondas, tirando a azuladas, se las deben a la tierra que trajeron y el señor alcalde mandó colocar detrás de su gigantesco muro de contención, pues, pese a la oposición del concejo, ensanchó el paseo en más de seis pies (y aunque él sea ultra y yo, liberal, se lo alabo); por eso, según él y según el señor Valenod, el venturoso director del depósito de mendicidad de Verrières, esta terraza puede compararse sin menoscabo con la de Saint-Germain-en-Laye.