Rojo y negro

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En lo que a mí se refiere no puedo hacerle sino un reproche al Paseo de la Fidelidad; puede leerse ese nombre oficial en quince o veinte sitios, en placas de mármol que le han proporcionado otra condecoración al señor de Rênal; lo que le reprocharía yo al Paseo de la Fidelidad es la forma salvaje en que la autoridad manda podar y esquilar hasta decir basta esos plátanos vigorosos. En vez de parecerse, con sus cabezas bajas, redondas y achatadas, a la más vulgar de las hortalizas, estarían en la gloria si les permitieran mostrar esas formas magníficas que se les puede ver en Inglaterra. Pero la voluntad del señor alcalde es despótica y, dos veces al año, amputan así, sin compasión, todos los árboles que pertenecen al municipio. Los liberales del lugar, aseguran, pero son unos exagerados, que la mano del jardinero oficial se ha vuelto mucho más severa desde que el señor vicario Maslon ha tomado por costumbre quedarse con el producto del esquileo.

A este sacerdote joven lo enviaron desde Besançon hace unos años para que tuviera vigilados al padre Chélan y a otros cuantos párrocos de las inmediaciones. Un anciano cirujano mayor del ejército de Italia, retirado en Verrières y quien, en vida, era a la vez, según el señor alcalde, jacobino y bonapartista, tuvo un día el atrevimiento de quejarse a este de la mutilación periódica de aquellos árboles tan hermosos.


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