Rojo y negro
Rojo y negro «Tanto más tengo la obligación de conseguir a esta mujer —prosiguió la vanidad más Ãntima de Julien— cuanto que, si alguna vez hago fortuna y alguien me echa en cara ese empleo bajo de preceptor, podré dar a entender que fue el amor el que me forzó a este puesto.»
Julien volvió a apartar la mano de la mano de la señora de Rênal; luego volvió a cogérsela y se la apretó. Según entraban en el salón, a eso de las doce de la noche, la señora de Rênal le dijo a media voz:
—¿Va a dejarnos, se marcha?
Julien respondió, suspirando:
—No me queda más remedio que irme, porque la amo con pasión, y eso es una falta… y ¡qué falta en un sacerdote joven!
La señora de Rênal se le apoyó en el brazo y con tanto abandono que notó en la mejilla la tibieza de la de Julien.