Rojo y negro
Rojo y negro Era precisamente como un joven operario como la grana, parado en la puerta de la casa y sin atreverse a llamar como se lo representaba con más encanto la señora de Rênal.
Julien, al seguir pasando revista a su posición, vio que no tenÃa ni que pensar en conquistar a la señora Derville, quien era harto probable que se diera cuenta del gusto que por él mostraba la señora de Rênal. No quedándole más remedio que volver a esta, Julien se dijo: «¿Qué sé del carácter de esa mujer? Esto nada más: antes de irme de viaje, le cogÃa la mano y ella la apartaba; ahora aparto la mano y ella me la coge y la aprieta. Bonita ocasión para devolverle todos los desprecios que me ha hecho. ¡Dios sabe cuántos amantes habrá tenido! A lo mejor no se inclina a mi favor más que porque son encuentros fáciles».
¡Tales son por desgracia las ingratas consecuencias de una civilización excesiva! A los veinte años, un joven, si ha recibido cierto grado de educación, tiene el alma a mil leguas de ese descuido sin el cual el amor no es con frecuencia sino la más fastidiosa de las obligaciones.