Rojo y negro
Rojo y negro De haber estado segura del cariño de Julien, es posible que su virtud hubiera dado con fuerzas para oponerse a él. Temerosa de perderlo para siempre, la pasión que sentía la extravió hasta tal punto que volvió a cogerle a Julien la mano, que este, distraído, seguía apoyando en el respaldo de una silla. Esta acción espabiló al joven ambicioso; habría querido que la presenciaran todos aquellos nobles tan orgullosos que, en la mesa, cuando estaba él sentado en un extremo con los niños, lo miraban con una sonrisa tan protectora. «Esta mujer no puede despreciarme ya; en tal caso —se dijo—, debo mostrarme sensible a su belleza; me debo a mí mismo convertirme en amante suyo.» Una idea así no se le habría ocurrido antes de las ingenuas confidencias que le había hecho su amigo.
La repentina determinación que acababa de adoptar fue para él una distracción grata. Se decía: «Una de estas dos mujeres tiene que ser mía». Cayó en la cuenta de que habría preferido con mucho cortejar a la señora Derville, no porque encontrase en esta más atractivos, sino porque lo había conocido siempre como preceptor y con la honra de sus conocimientos, y no como operario carpintero con una chaqueta de ratina doblada debajo del brazo, tal y como se había presentado ante la señora de Rênal.