Rojo y negro

Rojo y negro

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Era de noche; no bien estuvieron sentados, Julien, haciendo uso de su antiguo privilegio, se atrevió a acercar los labios al brazo de su linda vecina y a cogerle la mano. Lo que tenía en mientes era el atrevimiento del que había hecho gala Fouqué con sus amantes y no a la señora de Rênal; la expresión «de buena cuna» le oprimía aún el corazón. Notó que le apretaban la mano y eso no lo complació en absoluto. Lejos de sentirse orgulloso, o al menos agradecido por ese sentimiento que aquella noche la señora de Rênal dejaba ver con señales de lo más evidente, la belleza, la elegancia y la lozanía lo hallaron casi insensible. La pureza de alma, la ausencia de toda emoción rencorosa no cabe duda de que prolongan la duración de la juventud. Lo primero que envejece en la mayoría de las mujeres bonitas es la fisonomía.

Julien estuvo huraño toda la velada; hasta entonces solo había estado airado con el azar y con la sociedad; desde que Fouqué le había brindado una manera indigna de llegar a la holgura, estaba enfadado consigo mismo. Abstraído por completo en sus pensamientos, aunque de vez en cuando les decía unas cuantas palabras a las señoras, Julien acabó, sin darse cuenta, por soltarle la mano a la señora de Rênal. Esta acción le trastornó el alma a la pobre mujer; vio en ella la manifestación de su destino.


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