Rojo y negro

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La señora de Rênal, mientras lo escuchaba, admiraba su talento, su apostura y se le clavaba en el corazón esa posibilidad de irse que Julien le hacía vislumbrar. Todos sus amigos de Verrières que, mientras estaba fuera Julien, habían ido a cenar a Vergy le habían dado a más y mejor la enhorabuena por aquel hombre asombroso a quien había tenido su marido la dicha de sacar de su agujero. Y no es que nadie entendiera nada de los progresos de los niños. El hecho de saberse de memoria la Biblia, y además en latín, había infundido a los vecinos de Verrières una admiración que quizá dure un siglo.

Como Julien no hablaba con nadie, nada sabía de todo eso. Si la señora de Rênal hubiera tenido la mínima sangre fría, le habría dado la enhorabuena por la reputación que había adquirido y con esa tranquilidad del orgullo Julien habría sido dulce y afectuoso con ella, tanto más cuanto que el vestido nuevo le parecía delicioso. La señora de Rênal, satisfecha también de aquel vestido tan bonito y de lo que de este le decía Julien, había querido dar una vuelta por el jardín; no tardó en reconocer que no estaba en condiciones de andar. Se había cogido del brazo del viajero y, lejos de darle más fuerzas, el contacto de ese brazo se las acababa de quitar.



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