Rojo y negro
Rojo y negro A Julien la llamó la atención la voz insegura y la mirada de la señora de Rênal. «Esta mujer me quiere —se dijo—, pero, tras un momento pasajero de flaqueza que su orgullo se reprocha y en cuanto deje de temer que me vaya, recobrará la altanerÃa.» Esta perspectiva de la posición de ambos la vio Julien con la velocidad del rayo; contestó, titubeando:
—Me afligirÃa mucho dejar a unos niños tan cariñosos y de tan buena cuna, pero a lo mejor es necesario. Uno también tiene obligaciones con uno mismo.
Al decir estas palabras, «de tan buena cuna» (era una de esas expresiones aristocráticas que Julien habÃa aprendido hacÃa poco), lo impulsó un hondo sentimiento de antisimpatÃa.
«Desde el punto de vista de esta mujer —se decÃa— yo no soy de buena cuna.»