Rojo y negro

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La señora Derville veía con asombro que su amiga, a quien siempre reprendía el señor de Rênal por sus atuendos demasiado sencillos, acababa de ponerse unas medias caladas y unos zapatitos primorosos que le habían llegado de París. En los últimos tres días, la única distracción de la señora de Rênal había sido mandar a Élisa que cortara y cosiera un vestido de verano de una tela sencilla, muy bonita y muy de moda. El vestido apenas si había quedado acabado pocos momentos antes de la llegada de Julien; la señora de Rênal se lo puso en el acto. A su amiga no le quedaron ya dudas. «¡Está enamorada, la pobre!», se dijo la señora Derville. Entendió todas las singulares apariencias de la enfermedad que padecía.

La vio hablar a Julien. Tras la palidez llegaba el rubor más intenso. Se le leía la ansiedad en los ojos, que no apartaba de los del joven preceptor. La señora de Rênal esperaba, un momento tras otro, que diera explicaciones y anunciase si dejaba la casa o si se quedaba. A Julien ni se le ocurría decir nada al respecto porque no tenía tal cosa presente. Tras espantosos combates, la señora de Rênal se atrevió a decirle por fin, con voz trémula donde se le notaba toda la pasión:

—¿Va usted a dejar a sus alumnos para hallar acomodo en otro sitio?


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