Rojo y negro
Rojo y negro Julien se daba cuenta de su torpeza, y eso lo irritaba. Deliberó un buen rato consigo mismo, para saber si debían enfadarlo esas palabras: Se lo ordeno. Fue lo bastante necio para pensar: «Podría decir lo ordeno si se tratase de algo que tuviera que ver con la educación de los niños, pero, al corresponder a mi amor, da por hecho la igualdad. No es posible amar sin igualdad…»; y se le fue todo el ingenio en tópicos acerca de la igualdad. Se repetía airado este verso de Corneille que la señora Derville le había enseñado pocos días antes:
El amor
igualdades no busca, sino que las consigue.
Julien, empeñándose en interpretar el papel de un don Juan, él que no había tenido ni una amante en la vida, se portó como un bobo todo el día. No tuvo ni una idea atinada; harto de sí mismo y de la señora de Rênal, veía con espanto que se iba acercando la velada y se sentaría en el jardín a su lado y en la oscuridad. Le dijo al señor de Rênal que iba a Verrières a ver al párroco; se fue después de cenar y no regresó sino entrada la noche.