Rojo y negro

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La señora de Rênal se llevó un susto espantoso; se le cayeron las tijeras, el ovillo de lana, las agujas; y el movimiento de Julien pudo pasar por un intento desmañado para impedir que se cayeran las tijeras, que había visto escurrirse. Afortunadamente, las tijeritas de acero inglés se rompieron, y la señora de Rênal no daba abasto de lamentarse por no haber tenido más cerca a Julien.

—Se dio cuenta antes que yo de que se caían; lo habría impedido. Y, en vez de eso, su diligencia solo ha valido para darme una patada tremenda.

Con todo aquello, quedó engañado el subprefecto, pero no la señora Derville. «¡Este guapo mozo se porta de una forma muy necia!», pensó. La urbanidad de una capital de provincias no perdona esta clase de yerros. La señora de Rênal halló la oportunidad de decirle a Julien:

—Sea prudente, se lo ordeno.





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