Rojo y negro
Rojo y negro «¿Qué me ocurriría —se dijo— si me quedase a solas con él?» Le volvió por completo la virtud porque el amor se eclipsaba.
Se las ingenió para que alguno de sus hijos estuviera siempre con ella.
El día le resultó aburrido a Julien; se lo pasó entero llevando a cabo con torpeza su plan de seducción. No miró ni una vez a la señora de Rênal sin que hubiera un porqué para esa mirada; no obstante, no era tan tonto como para no ver que no conseguía resultar agradable, y menos aún seductor.
La señora de Rênal no salía del asombro de verlo tan torpe y, al tiempo, tan atrevido. «¡Es la timidez del amor en un hombre de talento! —se dijo por fin con alegría indecible—. ¿Será posible que mi rival no lo haya querido nunca?»
Después del almuerzo, la señora de Rênal volvió al salón para recibir al señor Charcot de Maugiron, el subprefecto de Bray, que había venido de visita. Estaba bordando en un bastidor pequeño y de patas muy altas. La señora Derville estaba junto a ella. Fue en esa postura, y a plena luz del día, cuando a nuestro héroe le pareció oportuno adelantar la bota y pisarle a la señora de Rênal el lindo pie, cuya media calada y cuyo bonito zapato de París estaba claro que atraían las miradas del galante subprefecto.