Rojo y negro

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A aquella pregunta tan halagadora, nuestro héroe no supo qué contestar. No había previsto en el plan esa circunstancia. Sin esa bobada de hacer un plan, el ingenio despierto de Julien le habría servido de gran ayuda; la sorpresa no habría sino incrementado la agilidad de sus primeras impresiones.

Fue desmañado y exageró la falta de maña. La señora de Rênal se lo perdonó enseguida. Vio en esto la consecuencia de un candor delicioso. Y, precisamente, lo que le faltaba a aquel hombre, al que tanto talento le encontraban, era una expresión candorosa.

—No me fío nada de ese preceptorcito tuyo —le decía a veces la señora Derville—. Le veo cara de estar siempre echando cuentas y de no actuar sino por política. Es un falso.

A Julien lo dejó muy humillado la desgracia de no haber sabido qué contestarle a la señora de Rênal.

«Un hombre como yo no puede por menos de remediar ese fracaso.» Y, aprovechando el momento en que estaban pasando de una habitación a otra, creyó que estaba en la obligación de besar a la señora de Rênal.

Nada menos oportuno, nada menos grato para él y para ella, nada más imprudente. Estuvieron a punto de verlos. La señora de Rênal pensó que estaba loco. Se asustó y, sobre todo, se escandalizó. Aquella necedad le recordó al señor Valenod.


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