Rojo y negro
Rojo y negro Paseaba un hermoso día de otoño el señor de Rênal por el Paseo de la Fidelidad, dando el brazo a su mujer. Mientras escuchaba a su marido, que hablaba con expresión solemne, la mirada de la señora de Rênal iba siguiendo con inquietud los movimientos de tres niños. El mayor, que podía andar por los once años, se acercaba con excesiva frecuencia al parapeto y daba muestras de querer subirse a él. Una voz dulce pronunciaba entonces el nombre de Adolphe y el niño renunciaba a su ambicioso proyecto. La señora de Rênal parecía andar por los treinta años, pero era aún bastante guapa.
—Podría ocurrir que tuviera que arrepentirse, ese señor tan aparente que viene de París —decía el señor de Rênal con expresión ofendida y las mejillas aún más pálidas que de ordinario—. No me faltan unos cuantos amigos en Palacio…
Pero, aunque pretendo hablarle al lector durante 200 páginas de lo que sucede en provincias, no seré tan bárbaro como para hacerle soportar la longitud y la circunspección rebuscada de un diálogo provinciano.
El señor tan aparente que venía de París y a quien tanto aborrecía el alcalde de Verrières no era otro que el señor Appert, quien, dos días antes, había hallado medio de colarse no solo en la cárcel y el depósito de mendicidad de Verrières, sino también en el hospital, de cuya administración gratuita se hacían cargo el alcalde y los principales propietarios del lugar.