Rojo y negro
Rojo y negro Se había olvidado casi por completo de la idea de desempeñar un papel. En un momento de abandono, le confesó incluso todas sus inquietudes. Esta confidencia llevó al colmo la pasión que inspiraba. «¡Así que no tengo ninguna rival afortunada!», se decía la señora de Rênal con deleite. Se atrevió a preguntarle por el retrato por el que tanto interés sentía él; Julien le juró que era el de un hombre.
Cuando contaba la señora de Rênal con la sangre fría suficiente para pensar, no le cabía en la cabeza que pudiera existir tanta felicidad y que nunca lo hubiera sospechado.
«¡Ay! —se decía—. ¡Si hubiera conocido a Julien hace diez años, cuando todavía podía pasar por una mujer guapa!»
Julien estaba muy lejos de pensamientos así. Su amor seguía siendo ambición; era la alegría de ser el dueño, él, tan pobre y tan despreciado, de una mujer tan noble y tan hermosa. Sus demostraciones de adoración y sus arrebatos al ver los encantos de su amiga acabaron por tranquilizar a esta sobre la diferencia de edad. Si hubiera tenido algo de ese conocimiento de la vida social con el que cuenta una mujer de treinta años en comarcas más civilizadas, habría temido por la duración de un amor que no parecía nutrirse sino de sorpresa y de halagos del amor propio.