Rojo y negro
Rojo y negro La necedad de que lo considerasen un amante subalterno por venir de humilde cuna se le fue en el acto. A medida que los arrebatos de Julien tranquilizaban a su tímida enamorada, esta iba siendo algo más feliz y recobrando la facultad de opinar sobre su amante. Afortunadamente, esta vez no tuvo casi en ningún momento esa expresión cohibida que había hecho del encuentro de la víspera una victoria, pero no un placer. Si la señora de Rênal se hubiese dado cuenta de lo pendiente que estaba Julien de desempeñar un papel, ese triste descubrimiento la habría privado para siempre de toda dicha. Solo habría podido interpretarlo como una triste consecuencia de la desproporción entre las edades de ambos.
Aunque la señora de Rênal nunca se había planteado las teorías sobre el amor, la diferencia de edad es, tras la diferencia de fortuna, uno de los grandes tópicos que dan pie en provincias a las bromas siempre que se habla de amor.
En pocos días, Julien, recuperado plenamente el ardor de la edad, estuvo perdidamente enamorado.
«Hay que reconocer —se decía— que tiene un alma de una bondad angelical y que es imposible ser más guapa.»