Rojo y negro

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Pero Julien le era demasiado fiel a eso que llamaba el deber para no llevar a cabo al pie de la letra lo que se había prescrito a sí mismo.

Al dar la una, se escurrió calladamente fuera de su cuarto, se aseguró de que el señor de la casa dormía profundamente y se presentó en la habitación de la señora de Rênal. En esta ocasión fue más dichoso con su amiga porque no pensó tan seguido en el papel que tenía que desempeñar. Tuvo ojos para ver y oídos para oír. Lo que le dijo de su edad la señora de Rênal contribuyó a infundirle cierta seguridad.

—¡Le llevo diez años, ay! ¿Cómo puede amarme? —le repetía sin cálculo alguno y porque esa idea la agobiaba.

Julien no entendía esa pena, pero se dio cuenta de que era real y casi se le olvidó del todo el miedo a hacer el ridículo.






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