Rojo y negro
Rojo y negro La señora de Rênal estaba deseando quedarse a solas con Julien; quería preguntarle si la seguía amando. Pese a la inalterable dulzura de su carácter estuvo varias veces a punto de darle a entender a su amiga cuán inoportuna era.
Por la noche, en el jardín, la señora Derville se las arregló tan bien que se sentó entre la señora de Rênal y Julien. La señora de Rênal, que se había trazado una imagen deliciosa del placer de apretarle la mano a Julien y llevársela a los labios no pudo ni dirigirle la palabra.
Este contratiempo la puso aún más fuera de sí. La corroía un remordimiento. Había reñido tanto a Julien por la imprudencia que había cometido al ir a su cuarto la noche anterior que temía que no acudiera esta. Se fue del jardín temprano y se metió en su cuarto. Pero, como la consumía la impaciencia, fue a pegar el oído a la puerta de Julien. Pese a la incertidumbre y la pasión que la devoraban, no se atrevió a entrar. Este comportamiento le pareció la más vil de las bajezas, pues a ella se refiere un refrán que se dice en provincias.
Los criados no se habían ido aún todos a la cama. La prudencia la obligó a volver a su cuarto por fin. Dos horas de espera fueron para ella dos siglos de tormentos.