Rojo y negro
Rojo y negro En cuanto a ella, no podía mirarlo sin ponerse como la grana y no podía vivir ni un instante sin mirarlo; se daba cuenta de que estaba turbada y sus esfuerzos por disimularlo hacían crecer la turbación. Julien no le puso los ojos encima sino una vez. Al principio, la señora de Rênal admiró esa prudencia. No tardó en alarmarse al ver que aquella única mirada no se repetía: «¿Habrá dejado de quererme? —se dijo—. ¡Ay, soy muy mayor para él! ¡Le llevo diez años!»
Al pasar del comedor al jardín, le apretó la mano a Julien. Tanta sorpresa le causó esta seña de amor tan extraordinaria que la miró apasionadamente. Porque durante el almuerzo le había estado pareciendo muy bonita; y, al tiempo que bajaba la vista, se había pasado el tiempo pensando pormenorizadamente en sus encantos. Esa mirada consoló a la señora de Rênal; no la dejó sin preocupaciones; pero las preocupaciones la apartaban casi por completo de los remordimientos que sentía en lo tocante a su marido.
Ese marido no había notado nada a la hora del almuerzo; no le había sucedido otro tanto a la señora Derville: creyó que la señora de Rênal estaba a punto de caer. La amistad que le tenía, osada e incisiva, no le escatimó en todo el día alusiones que pretendían describirle con los más repulsivos colores el peligro a que estaba expuesta.