Rojo y negro

Rojo y negro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

En lo que a Julien se refería, nunca se había visto tan próximo a esos terribles artilugios de la artillería femenina. «¡Es imposible que en París tengan algo más bonito!», se decía. En esos momentos no tenía nada que objetarle a su dicha. Con frecuencia, la sincera admiración y los arrebatos de su amante lo hacían olvidarse de la huera teoría que lo había vuelto tan envarado y casi tan ridículo al principio de sus amores. Hubo momentos en que, pese a sus hábitos hipócritas, le resultaba dulcísimo confesar a esa gran señora que lo admiraba hasta qué punto ignoraba él una plétora de usos menudos. La categoría de su amante parecía elevarlo por encima de sí mismo. La señora de Rênal, por su parte, hallaba la más dulce de las voluptuosidades espirituales en instruir así en tantas cosas menudas a aquel joven colmado de talento y a quien todo el mundo consideraba capaz de llegar tan lejos. Ni siquiera el subprefecto y el señor Valenod podían por menos de admirarlo; y por eso a ella le parecían menos tontos. En cuanto a la señora Derville, se hallaba muy lejos de estar en condiciones de expresar esos mismos sentimientos. Desesperada por lo que le parecía intuir y viendo que las opiniones sensatas se le hacían odiosas a una mujer que había perdido, literalmente, la cabeza, se fue de Vergy sin dar una explicación que tuvieron buen cuidado de no pedirle. La señora de Rênal lloró un poco y no tardó en parecerle que su felicidad iba a más. Tras esa marcha, se pasaba casi todo el día mano a mano con su amante.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker