Rojo y negro
Rojo y negro Julien se entregaba tanto más al dulce trato con su amiga cuanto que, siempre que se quedaba demasiados ratos a solas consigo mismo, volvía a perturbarlo el fatal ofrecimiento de Fouqué. En los primeros días de esa vida nueva, en que él, que nunca había amado y a quien nunca había amado nadie, hallaba en sincerarse un placer tan delicioso que a punto estaba de confesarle a la señora de Rênal la ambición que hasta entonces había constituido la mismísima esencia de su vida. Le habría gustado poder pedirle opinión sobre la extraña tentación que le entraba con el ofrecimiento de Fouqué. Pero un acontecimiento menudo impidió por completo la sinceridad.