Rojo y negro

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Pero también aquel arreglo tenía sus inconvenientes. Fouqué le había dado a Julien libros que él, un estudiante de teología, no habría podido nunca pedirle a un librero. Solo se atrevía a abrirlos por las noches. Con frecuencia le habría complacido mucho que no lo interrumpiera una visita con cuya expectativa, la víspera de la breve escena en el huerto de frutales sin ir más lejos, no habría estado en condiciones de ponerse a leer.

Le debía a la señora de Rênal el hecho de entender ahora los libros de forma totalmente nueva. Se había atrevido a hacerle preguntas acerca de muchas cosillas cuyo desconocimiento detiene en seco la inteligencia de un joven nacido fuera de la buena sociedad, por mucho talento natural que tengan a bien suponerle.

Esta instrucción del amor, dada por una mujer muy ignorante, fue algo muy afortunado. Julien llegó sin rodeos a ver la sociedad tal y como es hoy. No se le ofuscaron las ideas con el relato de lo que había sido antaño, hace dos mil años, o incluso, sin más, hace sesenta, en tiempos de Voltaire y de Luis XV. Con indecible alegría vio cómo se le caía un velo de delante de los ojos y entendió por fin las cosas que sucedían en Verrières.


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