Rojo y negro

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La felicidad de Julien estuvo ese día a punto de volverse duradera. Le faltó a nuestro héroe atreverse a ser sincero. Era preciso tener valor para pelear, pero en el acto; a la señora de Rênal le habían extrañado las palabras de Julien porque los hombres con los que trataba repetían que el regreso de Robespierre era posible esencialmente por culpa de esos jóvenes de las clases humildes con demasiada instrucción. A la señora de Rênal le duró bastante la expresión de frialdad y a Julien le pareció muy marcada. Sucedió que el temor de haberle dicho indirectamente algo desagradable llegó tras la repugnancia por las censurables palabras de Julien. No tardaron en traslucir esa desgracia sus rasgos, tan puros e ingenuos cuando era feliz y estaba apartada de los importunos.

Julien no volvió a atreverse a soñar descuidadamente. Más sosegado y menos enamorado, le pareció que era imprudente ir a ver a la señora de Rênal a su cuarto. Valía más que fuera ella al suyo; si un criado la veía mientras recorría la casa, veinte pretextos diferentes podían explicar esa actividad.





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