Rojo y negro

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Ahora bien, si el señor de Moirod, que tenía tres casas a las que afectaba ese retranqueo, conseguía ser primer teniente de alcalde y, a continuación, alcalde si llegaba a diputado el señor de Rênal, haría la vista gorda y se podrían hacer en las casas en primera línea de la vía pública arreglitos imperceptibles con los que durarían cien años. Pese a la acendrada devoción y la reconocida probidad del señor de Moirod, había seguridad de que tendría la manga ancha, porque tenía muchos hijos. De las casas que debían retranquearse, nueve pertenecían a la flor y nata de Verrières.

Desde el punto de vista de Julien, esta intriga tenía mucha más importancia que la historia de la batalla de Fontenoy, cuyo nombre veía por primera vez en uno de los libros que le había enviado Fouqué. Desde hacía cinco años, cuando había empezado a ir por las noches a casa del párroco, había cosas que dejaban asombrado a Julien. Pero, por discreción y humildad de espíritu que eran las principales prendas de un estudiante de teología, siempre le había sido imposible hacer preguntas.

Un día, la señora de Rênal le estaba ordenando algo al ayuda de cámara de su marido, el enemigo de Julien.

—Pero, señora, hoy es último viernes de mes —contestó el hombre con expresión singular.

—Puede marcharse —dijo la señora de Rênal.


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