Rojo y negro

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—Vaya —dijo Julien—, irá a ese almacén de heno que antes había sido iglesia y donde hace poco se ha reanudado el culto; pero ¿para qué? Es uno de esos misterios que nunca he podido aclarar.

—Es una institución muy saludable, pero muy singular —contestó la señora de Rênal—; no admiten mujeres: todo cuanto sé es que todos se llaman de tú. Por ejemplo, este criado se encontrará allí con el señor Valenod y a ese hombre tan altanero y tan tonto no le molestará que lo llame de tú Saint-Jean y le contestará con el mismo tenor. Si tiene empeño en saber qué hacen allí, les pediré detalles al señor de Rênal y al señor Valenod. Pagamos veinte francos por criado para que no nos degüellen algún día.

El tiempo volaba. El recuerdo de los encantos de su amante distraía a Julien de su negra ambición. La necesidad de no hablarle de cosas tristes y sensatas, ya que eran de partidos contrarios, incrementaba, sin que se diera cuenta, la felicidad que le debía y el imperio que iba adquiriendo sobre él.




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