Rojo y negro

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En los momentos en que la presencia de unos niños inteligentísimos les impedía hablar como no fuera con la lengua de la fría razón, Julien, con docilidad perfecta y mirándola con ojos resplandecientes de amor, atendía a sus explicaciones de cómo funciona el mundo. Con frecuencia, en pleno relato de alguna ingeniosa bribonada, con motivo de un camino o de un suministro, se le descarriaban las ideas de repente a la señora de Rênal hasta alcanzar el delirio. Julien tenía que reprenderla, se permitía con él los mismos gestos íntimos que con sus hijos. Porque había días en que tenía la ilusión de que lo quería como si fuera hijo suyo. ¿No tenía acaso que responder constantemente a sus preguntas ingenuas sobre mil cosas sencillas que un niño de buena cuna no ignora a los quince años? Un momento después, lo admiraba como dueño suyo. Su talento llegaba a asustarla; le parecía intuir cada vez con mayor claridad al gran hombre futuro en aquel sacerdote joven. Lo veía papa, lo veía primer ministro, como Richelieu.

—¿Viviré lo suficiente para verte en toda tu gloria? —le decía a Julien—; hay lugares que están esperando a un gran hombre: la monarquía y la religión lo necesitan.



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