Rojo y negro

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Pese al miedo tremendo que le tenía a subirse a un caballo, el señor de Moirod acabó por aceptar aquel honor como si fuera un martirio. «Sabré adoptar un tono oportuno», le dijo al alcalde. Apenas si quedaba el tiempo preciso para mandar arreglar los uniformes que, siete años antes, se habían usado con ocasión del paso por allí de un príncipe de la sangre.

A las siete de la mañana llegó de Vergy la señora de Rênal con Julien y los niños. Se encontró su salón lleno de señoras liberales que predicaban la unión de los partidos y venían a rogarle que solicitase a su marido que incluyera a los suyos en la guardia de honor. Una de ellas aseguraba que, si no elegían a su marido, la pena lo llevaría a la bancarrota. La señora de Rênal despachó a todas esas personas con gran premura. Parecía tener mucho que hacer.

Julien se quedó extrañado y aún más contrariado de que le ocultase, como si fuera un misterio, qué la tenía tan atareada. «Ya lo había previsto —se decía amargamente—, su amor se eclipsa ante la felicidad de recibir a un rey en su casa. Todo este barullo la deslumbra. Me volverá a querer cuando las ideas de su casta dejen de embarullarle los sesos.»

Hecho pasmoso: la quiso más en vista de eso.


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