Rojo y negro

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Estaba más trastornada aún: uno de sus vehementes deseos, que nunca le había confesado a Julien, por miedo a escandalizarlo, era verlo, aunque no fuera más que un día, sin aquel triste traje negro que llevaba. Con una maña en verdad admirable en una mujer tan espontánea, consiguió primero del señor de Moirod y, luego, del señor subprefecto De Maugiron que incluyesen a Julien en la guardia de honor dándole preferencia sobre cinco o seis jóvenes hijos de fabricantes en muy buena posición y dos de los cuales, al menos, eran de ejemplar devoción. El señor Valenod, que tenía previsto prestar su calesa a las mujeres más guapas de la ciudad para que admirasen sus espléndidos normandos, consintió en dejarle uno de sus caballos a Julien, la persona a quien más aborrecía. Pero todos los guardias de honor, tenían, propia o prestada, una de esas elegantes guerreras azul cielo con charreteras plateadas de coronel que habían refulgido siete años antes. La señora de Rênal quería una guerrera nueva y solo le quedaban cuatro días para enviar a Besançon y que volvieran de allí la guerrera, las armas, el sombrero, etc. todo cuanto convierte a un hombre en un guardia de honor. Lo gracioso es que le había parecido imprudente encargar la guerrera de Julien en Verrières. Quería sorprenderlos, a él y a la ciudad.



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