Rojo y negro

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El clero se impacientaba. Esperaba a su jefe en el oscuro claustro gótico de la antigua abadía. Habían reunido a veinticuatro párrocos para que hicieran las veces del antiguo capítulo de Bray-le-Haut, que componían, antes de 1780, veinticuatro canónigos. Tras pasarse tres cuartos de hora lamentándose de la juventud del obispo, los párrocos pensaron que parecía oportuno que el decano fuera al retiro de su ilustrísima para avisarlo de que iba a llegar el rey y era hora de acudir al coro. La avanzada edad del padre Chélan lo había convertido en decano; pese al enfado que le mostraba a Julien, le hizo una seña para que lo siguiera. Julien llevaba con mucho donaire la sobrepelliz. Mediante no sé qué procedimiento de arreglo eclesiástico se había alisado los hermosos rizos; pero, por un olvido que hizo mayor la indignación del padre Chélan, bajo los largos pliegues de la sotana le asomaban las espuelas de guardia de honor.

Al llegar a los aposentos del obispo, unos lacayos altos y muy sobrecargados de adornos se dignaron apenas contestarle al viejo párroco que su ilustrísima no estaba visible. Se rieron de él cuando pretendió explicarles que, en su calidad de decano del capítulo noble de Bray-le-Haut, tenía el privilegio de poder presentarse en cualquier momento ante el obispo oficiante.


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