Rojo y negro
Rojo y negro Su majestad se apeó en la preciosa iglesia nueva, que se engalanaba ese día con todas sus colgaduras carmesíes. El rey debía almorzar y volver a subirse al coche acto seguido para ir a venerar la célebre reliquia de san Clemente. No bien estuvo el rey en la iglesia, Julien se quitó la estupenda guerrera azul cielo, el sable y las charreteras para volver a ponerse el traje negro y raído. Volvió a subir a caballo y, en pocos instantes, estaba en Bray-le-Haut, que se halla en lo alto de una colina muy hermosa. «El entusiasmo multiplica el número de campesinos —pensó Julien—. No hay quien dé un paso en Verrières y resulta que aquí hay más de diez mil alrededor de esta antigua abadía.» Tras dejarla medio en ruinas el vandalismo revolucionario, la habían vuelto a poner espléndidamente en condiciones a partir de la Restauración y ya se empezaba a hablar de milagros. Julien fue al encuentro del padre Chélan, que le echó una buena reprimenda y le entregó una sotana y una sobrepelliz. Se vistió deprisa y fue en pos del padre Chélan, que iba a reunirse con el joven obispo de Agde. Era un sobrino del señor de La Mole, recién nombrado, y a quién le habían encomendado que le enseñase la reliquia al rey. Pero no hubo forma de dar con el tal obispo.