Rojo y negro

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Había una persona más feliz que él. Primero lo vio pasar por uno de los ventanales del Ayuntamiento; subió luego a la calesa y dando un gran rodeo a toda velocidad llegó a tiempo de estremecerse cuando el caballo se lo llevó fuera de las filas. Por fin, al salir la calesa a galope tendido por otra puerta de la ciudad, consiguió esa persona llegar a la carretera por la que tenía que pasar el rey y pudo seguir a veinte pasos a la guardia de honor entre una noble polvareda. Diez mil campesinos gritaron: «¡Viva el rey!» cuando el alcalde tuvo el honor de pronunciar un discurso ante su majestad. Una hora después, cuando, tras oír todos los discursos, el rey iba a entrar en la ciudad, el cañoncito volvió a disparar precipitadamente, con la consecuencia de un accidente, que no afectó a los cañoneros, que habían demostrado ya sus artes en Leipzig y Montmirail, sino al futuro primer teniente de alcalde, el señor de Moirod. Su caballo lo depositó muellemente en el único barrizal que había en el camino real, lo que fue muy sonado, porque hubo que sacarlo para que pudiera pasar el coche del rey.






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