Rojo y negro
Rojo y negro —Los caballeros —decÃa la mujer de un banquero— no deberÃan dejar de hacerle alguna afrenta a ese jovenzuelo insolente nacido entre basura.
—Es taimado y lleva sable —contestaba el vecino de al lado—; serÃa traicionero de sobra para darles un tajo en la cara.
Lo que decÃan los nobles era más peligroso. Las señoras se preguntaban si era nada más del alcalde de quien procedÃa aquel tremendo desafuero. De forma generalizada, se le hacÃa justicia a ese desprecio suyo por la carencia de alcurnia.
Mientras daba pie a tantas charlas, Julien era el más dichoso de los hombres. Osado por naturaleza, montaba mejor a caballo que la mayorÃa de los jóvenes de esa ciudad de montaña. VeÃa en los ojos de las mujeres que estaban hablando de él.
Sus charreteras relucÃan más porque eran nuevas. Su caballo se encabritaba continuamente; no cabÃa en sà de gozo.
Su felicidad llegó al colmo cuando, al pasar junto al parapeto antiguo, el ruido del cañoncito sobresaltó al caballo, que se salió de la fila. Dio la gran casualidad de que no se cayó; a partir de ese momento se sintió un héroe. Era oficial de ordenanza de Napoleón y estaba cargando contra una baterÃa.