Rojo y negro
Rojo y negro Ya en la mañana del domingo, miles de campesinos, que llegaban de las montañas vecinas, inundaron las calles de Verrières. Lucía un sol esplendoroso. Por fin, a eso de las tres, hubo una conmoción en el gentío: se divisaba una gran hoguera en una roca a dos leguas de Verrières. Esa señal anunciaba que el rey acababa de entrar en territorio del departamento. En el acto, el sonido de todas las campanas y los repetidos disparos de un viejo cañón español que pertenecía a la ciudad participaron su alegría por tan magno acontecimiento. La mitad de los vecinos se subió a los tejados. Todas las mujeres estaban asomadas al balcón. La guardia de honor se puso en movimiento. Todos admiraban los brillantes uniformes y reconocían a un pariente o a un amigo. Se burlaban del miedo del señor de Moirod, cuya prudente mano estaba en todo momento lista para aferrar el arzón de la silla. Pero algo que llamó la atención relegó al olvido todo lo demás: el primer jinete de la novena fila era un apuesto mozo, muy esbelto, a quien al principio no reconoció nadie. A poco, un grito de indignación de unos y el silencio del pasmo en otros anunciaron una impresión generalizada. Reconocían en aquel joven, montado en uno de los caballos normandos del señor Valenod, al menor de los Sorel, el hijo del carpintero. La protesta contra el alcalde fue unánime, sobre todo entre los liberales. ¡Cómo! ¡Porque aquel obrerillo disfrazado de cura era el preceptor de sus criaturas tenía el atrevimiento de hacerlo guardia de honor, en detrimento de estos y aquellos señores, acaudalados fabricantes!