Rojo y negro
Rojo y negro Esta magnificencia melancólica, que la vista de los ladrillos al aire y del yeso, muy blanco aún, mancillaba, conmovió a Julien. Se detuvo en silencio. En el otro extremo de la sala, un joven con sotana morada y sobrepelliz de encaje, pero destocado, estaba de pie a tres pasos del espejo. Aquel mueble parecía extraño en semejante lugar y, seguramente, lo habrían traído la víspera. A Julien le pareció que el joven tenía expresión irritada; con la mano derecha le echaba, muy solemne, bendiciones al espejo.
«¿Qué significará esto? —pensó—. ¿Será una ceremonia preparatoria lo que está haciendo este sacerdote joven? A lo mejor es el secretario del obispo… Será insolente, como los lacayos… Pero, en realidad, qué más da… probemos.»
Siguió andando y recorrió bastante despacio la sala a lo largo, sin apartar la vista de la única ventana y mirando a aquel joven que seguía echando bendiciones, que impartía despacio, pero de forma inacabable y sin descansar ni un momento.
Según se iba acercando, Julien le notaba más la expresión enojada. La riqueza de la sobrepelliz adornada con encajes detuvo involuntariamente a Julien a pocos pasos del soberbio espejo.
«Tengo el deber de hablar», se dijo por fin; pero la belleza de la sala lo había emocionado y lo ofendían de antemano las palabras duras que iban a decirle.