Rojo y negro

Rojo y negro

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El joven lo vio en el espejo de cuerpo entero, se volvió y, dejando de pronto la expresión enojada, le dijo con el tono más suave:

—Y qué, señor mío, ¿por fin está arreglada ya?

Julien se quedó estupefacto. Al darse la vuelta el joven, Julien le vio la cruz pectoral en el pecho: era el obispo de Agde. «¡Tan joven! —pensó Julien—. ¡Como mucho me lleva seis u ocho años!»

Se avergonzó de sus espuelas.

—Ilustrísima —contestó tímidamente—, me envía el decano del capítulo, el padre Chélan.

—¡Ah! Me lo han recomendado mucho —dijo el obispo con un tono cortés que dejó aún más encantado a Julien—. Pero le pido perdón, señor mío, le había tomado por la persona que tiene que traerme la mitra. La empaquetaron mal en París; el tejido de plata se ha estropeado muchísimo por la parte de arriba. Quedará espantosa —añadió el joven obispo con expresión de tristeza— y ¡aquí me tienen, esperando!

—Ilustrísima, voy a buscar la mitra si su ilustrísima me lo permite.

Los hermosos ojos de Julien causaron el efecto apetecido.

—Vaya —contestó el obispo con grata cortesía—: la necesito ahora mismo. Me contraría mucho tener aguardándome a los señores del capítulo.


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