Rojo y negro
Rojo y negro Al llegar Julien a la mitad de la sala, se volvió hacia el obispo y vio que se habÃa vuelto a poner a echar bendiciones. «¿A qué vendrá eso? —se preguntó Julien—; seguramente se trata de una preparación eclesiástica necesaria para la ceremonia que se va a celebrar.» Según llegaba a la celda donde estaban los ayudas de cámara, vio que tenÃan la mitra. Aquellos señores, cediendo a su pesar a la mirada imperiosa de Julien, le entregaron la mitra de su ilustrÃsima.
Este se sintió orgulloso de llevarla: al cruzar la sala, caminaba despacio: la llevaba con respeto. Se encontró al obispo sentado delante del espejo; pero, de vez en cuando, con la mano derecha, aunque cansada, impartÃa otra bendición. Julien lo ayudó a ponerse la mitra. El obispo sacudió la cabeza.
—¡Ah, aguantará! —le dijo a Julien con expresión satisfecha—. ¿Quiere alejarse un poco?
Entonces el obispo fue muy deprisa al centro de la sala; luego, acercándose al espejo a pasos lentos, volvió a poner cara de enfado echando bendiciones con mucha solemnidad.
El asombro tenÃa quieto a Julien; sentÃa la tentación de interpretar lo que estaba pasando, pero no se atrevÃa. El obispo se detuvo y, mirándolo con una expresión cada vez menos solemne, le dijo:
—¿Qué le parece mi mitra, señor mÃo? ¿Queda bien?